lunes, 24 de diciembre de 2007

Nuestro regalo de Navidad

María del Carmen Polo de http://carmennomadas.blogspot.com/, nos deja este bellísimo relato de su autoría, que acompaño con un dibujo que hice inspirada en los tiernos personajes de su cuento. Oliva y Canela es nuestro regalo a dúo, para todos los amigos que pasan por nuestros espacios y hecho con la ilusión que envuelve la atmósfera navideña. A todos y cada uno de ustedes ¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!! y mis mejores deseos de una Nochebuena cálida, serena y en la mejor compañía.

OLIVA Y CANELA

Queridos conciudadanos, nos hemos reunido hoy, 25 de diciembre, para hacer entrega de la medalla que este Ayuntamiento otorga en esas ocasiones en las cuales... blablablablabla... pero hoy haremos una excepción y nos sentimos orgullosos de condecorar a Canela y Oliva, los dos perros de Miguel Tapias, ya que gracias a ellos... blablablablablablabla... y fue en circunstancias difíciles que los valientes animales... blablablablablabla... y, por tanto, yo tengo la satisfacción de declarar que... blablablablablabla... En la plaza los aplausos y los vítores se sucedían, al igual que los correteos de los niños y los empujones de aquellos que siendo bajitos no alcanzaban a ver qué sucedía en la tarima desde la cual el alcalde, junto al teniente de alcalde, el secretario del Ayuntamiento y el señor cura, lanzaba su enfebrecida proclama. Y no era para menos. El pueblo entero tenía motivos para estar alegre. No sólo era Navidad, sino que uno de sus más queridos hijos y vecinos, Miguel Tapias, más conocido como el tío Carretes, había aparecido cuando ya todos le daban por muerto. Más para conocer toda la historia debemos comenzar por decir que corría el primer tercio del siglo XX, en un pequeño y alegre pueblo de la provincia de Córdoba, donde la familia de Miguel Tapias se había establecido a mediados del siglo anterior. Cuando Miguel volvió a casa, tras cumplir su servicio militar, le dijo a su padre que probaría, durante un tiempo, a seguir la tradición familiar y si aquello no resultaba bien, se emplearía como jornalero en cualquier cortijo cercano. Su padre, Mateo Tapias, le dio la mula, la mercancía y le indicó la ruta a seguir. Él ya no estaba en condiciones de vagabundear de pueblo en pueblo bajo las heladas, la lluvia y el viento. Por eso se alegró, en cierto modo, de que su hijo pudiera ganarse la vida sin tener que estar de sol a sol trabajando la tierra, bajo la mirada de un capataz vendido a los señoritos de la capital. Miguel, acompañado de sus perros, Canela y Oliva, recorría los pueblos de los alrededores y siempre terminaba de pregonar su mercancía con un... y llevo carretes, niñas, no os olvidéis de los carretes... Así que cuando los niños veían aparecer a Miguel y a sus chuchos por el camino, corrían por las calles chillando... ¡que viene el tío Carretes, que viene el tío Carretes...! y una brisa jovial de faldas aleteaba en las cocinas, en las alcobas, en las cuadras, dejando lo que estuvieran haciendo para salir a la plazuela y esperar a que llegara Miguel y dispusiera todo un mundo de fantasía sobre unas mantas de basto paño. Y él, entre requiebros, saludos y risas, esparcía todos aquellos tesoros a sus pies, para que ellas vieran y tocaran y escogieran a placer. Porque Miguel, como antes había hecho su padre, y mucho antes su abuelo, vendía cintas de terciopelo, horquillas, peinetas, abanicos, encajes, botones, agujas, peines, tarjetas postales, canicas de cristal, cromos, silbatos, pizarras y pizarrines, agua de azahar, estampitas de santos, figurines para las modistas, lamparillas y velas para los altares, cerillas, carretes de hilo de colores... Las alforjas de Miguel rebosaban de anhelos para los niños, robaban el sueño a las jovencitas y ponían una nota de ilusión entre los dedos de las casadas, que tocaban, miraban, estudiaban y comparaban esto y aquello, antes de comprar lo estrictamente necesario para adornar sábanas o remendar calcetines, enagüas, calzones... El mes de diciembre llegó tan lluvioso y frío como era habitual. Había comenzado la recogida de la aceituna y las tierras amanecían con una costra de hielo sobre las charcas. Las brumas bajaban desde los montes, apoderándose de los campos, volviendo invisibles a los jornaleros que se afanaban penosamente bajo los olivos. Pronto sería Navidad, pensó Miguel. Era el momento de dar una última vuelta por las aldeas antes de que los arroyos se desbordaran, haciendo peligrosas las travesías. Mientras él preparaba su mula, rellenaba las alforjas con más mercancía de lo habitual y recogía su manta, su navaja de afeitar y la bota de vino, sus dos perros, Canela y Oliva, anticipando el viaje y el camino, no cesaban de dar vueltas, ladrar y mover el rabo. Miguel no pensaba estar fuera más de ocho o nueve días. Con un poco de suerte todo estaría vendido en poco tiempo y él volvería a casa antes de Nochebuena. Así se lo dijo a su madre, mientras la abrazaba y tomaba de sus manos el hatillo con el pan y la tortilla que la buena mujer acababa de cocinar para su hijo. Tirando de las riendas de su caballería, Miguel caminaba por las calles hacia la salida del pueblo. Los chavales corrían delante de la mula, saltando, riendo, gritando, haciéndole fiestas a Canela y Oliva. En el puente del arroyo Ramblas, los chicuelos, andrajosos, los pelos tiesos y las manos negras de barro, se apoyaban en las viejas piedras comidas por los líquenes mientras les veían alejarse en silencio. Una vez perdido de vista el hombre y los animales, los muchachos, bullangueros y chispeantes, se lanzaron de nuevo hacia las calles del pueblo, como una nube de gorriones que ha encontrado un pan desmigado y deben picotearlo antes de que desaparezca. Aquella mañana la lluvia les acompañó durante casi todo el viaje, poniendo la nota musical en el silencio de los campos invernales. Hacia la una de la tarde, Miguel paró en una casucha deshabitada para comer. Cerca de ella las cepas, retorcidas, descarnadas, oscuras, le recordaron a Miguel los días felices de la vendimia, el sabor del dorado y jugoso fruto, las sonrosadas mejillas de las mozas, las fiestas y los bailes. Una sonrisa se dibujó en sus resecos labios. Protegido de la tormenta, rodeado de sus perros, que se afanaban con varios trozos de tocino y unos huesos de pollo, Miguel almorzó el pan y la tortilla que le entregara su madre antes de partir, regándolo todo con el vino de su bota. El temporal arreciaba y algún que otro rayo se veía cabalgar por las lomas cercanas. Miguel, tranquilo, divagaba, la mirada perdida entre la bruma... Tras tantas salidas por los campos, recorriendo sendas polvorientas y enfangadas, en verano o en invierno, le atraía la soledad de cimas y quebradas. Se sentía bien caminando cerca de los arroyos y observando la transformación de las tierras al llegar la primavera. Amaba el canto de los pájaros, el vuelo bajo de las palomas torcaces, el aroma del romero florecido... Los Palmerales, el primer caserío al cual tenía previsto arribar, estaba tan sólo a seis kilómetros. Después, -siguió pensando- continuaría hasta Fresnos, donde haría noche en la posada de Pascualillo. Dos días más tarde, recorriendo varios cortijos de la sierra, llegaría hasta Luciernas, y poco después vendría Anchones, para terminar la ruta en la cortijada de la Serena... Un trueno lo sacó de sus pensamientos, haciendo gemir a Oliva, que buscó el calor de Canela. Miguel observó a sus canes. Oliva tenía una mancha blanca muy curiosa en su ojo derecho pues cuando había tormenta parecía agrandarse. Sus largas orejas colgaban lacias mientras yacía inquieto mirando el agua que caía en el exterior. Canela, algo más pequeño que Oliva, no parecía muy impresionado por el rayo ni el trueno. Tumbado cerca de su amo, apoyaba su cabeza contra la manta que Miguel había extendido en el suelo y, de vez en cuando, olfateaba el aire, con su hocico puntiagudo y las orejas tiesas. La mula, atada a un árbol, en la parte trasera de la casuca, dejaba escapar algún que otro resoplido mientras trataba de sacudirse las gotas de agua que se le resbalaban por la testuz. Cuando Miguel llegó a Los Palmerales fue recibido con gran alegría por sus parroquianos. Ató su mula en los soportales de la plaza y descargó sus fardos. Para quitarse de encima la humedad que le mordía los huesos, y mientras las mujeres hacían su elección, él se acercó a la taberna con Julián, el cabrero. Poco había ocurrido desde su última visita. Se había muerto el abuelo Manolo, atragantado con el hueso de una aceituna. Ya ves, compadre, no semos ná. La pulmonía no pudo con él, a sus ochenta años, y una olivilla se lo ha llevao pa el otro mundo. Si cuando las cosas están de Dios... Un rayo había partido la vieja olma de la placilla; María la Tinajas se había ido a vivir con su hija, a Luciernas, y también se había marchado Ramón el Ronchas, a trabajar a Barcelona. El campo es lo que tiene, Miguelillo, que no tira, y quedarse aquí pa qué, ¿pa morirse de hambre...? Una botella de tinto después, y varios consejos dados desinteresadamente por el cabrero, Miguel se despidió de Julián y se acercó hasta el grupito de jóvenes y ancianas que parloteaban alrededor de su mercancía. Oscurecía cuando divisó las luces mortecinas de Fresnos. La niebla, apoderándose de los olivares, se prendía en las ramas de los árboles que jalonaban el camino embarrado. Dejó la mula en la cuadra de la posada y entró en la caldeada estancia, seguido de Canela y Oliva. Pascualillo no estaba, le dijo Candela, la posadera, pero no tardará en venir, que está echándole de comer a los cochinos. Si quieres te voy preparando unos huevos fritos con morcilla y unos tomates, que por la cara que tienes vienes muerto de hambre... ... y de cansancio, contestó Miguel, dejándose caer en una silla. Canela y Oliva, se tumbaron a sus pies, mirando hacia la chimenea, donde chisporroteaba el fuego. -Pues esto va a estar aviao en menos que canta un gallo, y tu recámara, la de siempre... Candela, enérgica, parlanchina, las mangas remangadas hasta los codos, limpiaba la mesa junto a la cual estaba sentado el hombre. No habían transcurrido ni quince minutos cuando apareció Pascualillo por la puerta. Grandote, renegrido y con un barba de tres días, Pascual era el posadero más chistoso del contorno. Tenía madera de actor, decían todos, pero su madre no había querido que se dedicara a farandulero, que ese oficio, decía ella, sólo era para gentes de mal vivir que huían de la justicia, y por eso terminó regentando la posada de su tío Genaro, que había muerto viudo y sin descendencia. Aún así, rara era la noche que no terminaba contando chascarrillos que hacían que los huéspedes se desternillaran de risa. A Miguel le gustaba mucho estar en aquella casa, y para Candela el muchacho era como un hijo. Para ella precisamente había traído Miguel un turrón especial de almendra, alfajores, pestiños de miel y cintas de seda, que adornarían su pelo negro. En los dos días que pasó en Fresnos vendió velos, encajes, hilos de colores, turrones, mazapanes y la última pandereta que le quedaba. Anotó varios encargos de algunas mozas y al tercer día, con la alborada, recogió todo su género y se despidió de Pascual y Candela. No pensaba volver hasta mediados de enero, de modo que entre abrazos y apretones de manos les deseó unas felices Pascuas y prometió a Candela que la próxima vez le traería el mantón de Manila con el que soñaba desde hacía años. A un kilómetro de la salida del pueblo se cruzó con un campesino que azada al hombro caminaba parsimonioso junto a su borriquillo. Un vaya usté con Dió, compadre... y unos cuantos ladridos de Canela, unido al revuelo de una bandada de gorriones, fueron los únicos sonidos que pudo escuchar la mañana. Después... los campos rezumando agua, y la soledad. Miguel quería llegar a Luciernas al día siguiente. De este modo tendría oportunidad de visitar a Benito, un primo de su madre que se dedicaba a la cría de pavos y otras aves de corral. A la madre de Miguel le gustaban especialmente aquellos pavos. Como otros años, Miguel escogería el más gordo, le ataría las patas, lo pondría sobre su mula y, con cuidado, lo llevaría a su casa donde el día de Nochebuena, relleno de castañas y bien asado, haría las delicias de su familia y la del resto de comensales invitados. A media tarde se levantó un viento helado que hizo que el muchacho se envolviera en su capote. Las nubes se acumulaban, oscureciendo el día. Fue bajando una pequeña loma que Miguel decidió cambiar su itinerario y acercarse hasta la pequeña villa de Portalones. Hacía más de un año que no se aventuraba por aquel lugar, algo alejado de su ruta habitual, mas pensó que días más, días menos, el acercarse hasta el pueblecillo no iba a significar ningún gran cambio en sus planes de llegar a Luciernas, Anchones y La Serena, y estar de vuelta en casa para el día 24. El camino hacia aquel pueblo se estrechaba y corría paralelo a un riachuelo que en invierno y tras las lluvias solía bajar rápido y muy crecido. El sendero subía por la ladera de un montecillo donde crecía el tomillo y el romero, para descender, de manera abrupta, hasta el fondo de una cañada cubierta de zarzales y algunas higueras. Marchaba pensativo Miguel, montado sobre la mula, con Canela y Oliva corriendo delante de ellos, cuando se desató la tormenta. El mulo, asustado por un trueno, dio un mal paso, los cascos del animal resbalaron sobre el lodo y ambos cayeron hacia el fondo de la barranca. El macho se enderezó rápidamente y escapó al galope, alejándose del joven y de los perros que labraban y corrían enloquecidos de un lado para otro. Miguel yacía inconsciente entre la maleza, la sangre y el agua empapándole las ropas. Cuando despertó, el muchacho no sabía cuánto tiempo había permanecido desvanecido. Miró a su alrededor. Llovía con fuerza. El mulo había desaparecido. Se dio cuenta de que ya oscurecía. Estaba claro que había pasado mucho tiempo desde que dejó el cruce para dirigirse hacia Portalones. Al tratar de incorporarse supo que apenas podría moverse. La pierna izquierda le dolía mucho. Algo debía estar roto pero no sabía el qué. La manga de la chaqueta, hecha jirones, mostraba la piel del brazo desgarrada y sangrante. También tenía rastros de sangre en las manos. Sin duda el primo Benito, al ver que no llegaba se alarmaría. Contrariado pensó que nadie sabía que había variado su recorrido y por tanto no sabrían dónde buscarle, caso de hacerlo. Empapado, tiritando, Miguel miró a su alrededor buscando algún tipo de protección. Durante el tiempo que Miguel había estado desmayado, Canela y Oliva no se habían separado de su lado. Temblando, los dos perrillos se habían recostado contra su amo, quizá pensando que Miguel simplemente descansaba. A unos quince metros Miguel vio una especie de hueco en la pared rocosa. Tenía que llegar hasta allí o se exponía a morir de frío en medio de la noche. Arrastrándose penosamente, seguido de Canela y Oliva, Miguel logró alcanzar la entrada de una pequeña covacha. Al menos la lluvia no los mojaría mientras estuvieran allí. Canela y Oliva se sacudieron todo el agua que habían acumulado en su piel y se hicieron un ovillo contra el hombre. Miguel, haciendo un gran esfuerzo, había escurrido su chaqueta y en la oscuridad, la espalda apoyada contra la roca, trataba de pensar... ¿Qué posibilidades tenía de sobrevivir si el mal tiempo persistía y nadie acudía a buscarlo? No tenía alimentos, ni abrigo, apenas podía moverse y si dejaba de llover tampoco tendría agua. El riachuelo que corría por el fondo de la barranca venía cargado de barro y de persistir las lluvias podría crecer tanto que llegara hasta donde él se encontraba. Si así era, no podría escapar y moriría ahogado. Tocó el cuerpo de sus perros. Ellos tampoco podrían resistir mucho tiempo sin comer. Miguel se durmió pero despertó a medianoche sediento y con mucho frío. Le había subido la fiebre y la pierna se le había inflamado. Le molestaba terriblemente. Canela y Oliva continuaban pegados a su cuerpo, como si los animales comprendieran que era la única manera de que el joven pudiera tener un poco de calor. Al amanecer Miguel deliraba. La caballería de Miguel, espantada, había tomado el camino de Fresnos y allí había llegado hacia media mañana. El mulo se paró frente a la posada de Candela y Pascualillo. Y todo el pueblo supo que algo grave le había ocurrido al Tío Carretes. Inmediatamente se organizaron cuadrillas para buscar al joven y se desperdigaron por los caminos cercanos. Faltaba muy poco para la Navidad y la madre de Miguel preparaba, alegremente, la llegada de los festejos y a su hijo. El día de Nochebuena por la mañana mataremos un buen pavo, un pavo gordo que habrá traído Miguelillo, pensaba la buena mujer, y lo rellenaré de ciruelas, castañas y especias, como le gusta al chico. También cortaremos unas buenas lonchas de jamón y asaremos torreznos y morcillas, que la noche será larga y fría y hay que contentar el estómago para cantar y bailar hasta que claree el día. El anís, el café y unas buenas bandejas de tortitas de aceite, el turrón y los polvorones nos endulzarán los villancicos que cantemos, a Belén pastores, a Belén chiquitos, que ha nacido el Rey de los angelitos..., tralalala... Y ya se alejaba la señora cantando hacia la alcoba, el pensamiento puesto en su hijo, para abrir la ventana y airear la habitación. Entretanto, Miguel yacía medio inconsciente en el suelo húmedo de la cueva. Canela había salido en un par de ocasiones a inspeccionar los alrededores. El animal gemía, se acercaba a Miguel, le lamía la cara y las manos, y de nuevo se acurrucaba junto a su cuerpo. Oliva levantaba la cabeza de vez en cuando pero permanecía quieto, la cabeza sobre el pecho de Miguel. Durante toda la tarde llovió sin descanso. El arroyo cercano crecía peligrosamente. Miguel pudo apreciarlo en uno de sus pocos momentos de lucidez. Tenía mucha sed y apenas fuerzas para deslizarse fuera del hueco y poder mojarse en rostro. Después, empapado, muerto de frío, pero con la sed calmada, volvió a la covacha que les servía de refugio. Esa noche, Miguel, abrazado a sus dos perros, les habló quedamente. Los animales estaban muertos de hambre, él lo sabía, sin embargo con aquel tiempo era imposible que los pobrecillos pudieran cazar algún pajarillo o ratón. Si seguían allí, junto a él, los tres morirían. Tenían, pues, que ir al pueblo, pedir ayuda y volver cuanto antes. Las cuadrillas de hombres que habían salido a buscarlo llegaron hasta Luciernas. Nadie lo había visto y nadie sabía qué le podía haber sucedido. Si no había pasado por allí, tampoco habría llegado más lejos. El primo Benito estaba muy preocupado y se sumó a la búsqueda del mozo. Tras dos días de búsqueda por montes y quebradas, preguntando en cortijos y recorriendo las casonas abandonadas, bajo la lluvia, el granizo, la tormenta, decidieron volver a casa y dar a Miguel por desaparecido. Benito, Candela y Pascualillo estaban desolados. Tener que comunicar a los padres de Miguel la desaparición del muchacho era algo que nunca pensaron que tendrían que hacer. Decidieron, pues, que a la mañana siguiente saldrían para la casa de los padres de Miguel y darle la mala nueva. Faltaban cinco días para la Nochebuena. Miguel seguía teniendo fiebre. Había dejado de llover hacia medianoche y el único sonido que se extendía por el campo era el del agua corriendo unos metros más abajo entre los peñascales. La pierna no podía moverla y los dolores eran terribles. En cuanto amaneció empujó a Canela y Oliva para que salieran, se marcharan y trataran de encontrar ayuda... Candela, id a la casa de Candela y traedlos aquí, vamos, id, corred, corred... Los animales salieron de la covacha, dieron varias vueltas y retornaron junto a Miguel... No, vamos, vamos, Candela, id a buscar a Candela, venga, traed a Pascualillo y Candela... Entonces Canela y Oliva salieron corriendo y desaparecieron de la vista de Miguel que se dejó caer, exhausto, en el suelo. Llevaba tres días tumbado en aquel lugar, estaba hambriento, sucio, con las ropas empapadas y con unos dolores que no dejaban de martirizarle. Se daba cuenta de que a menos que lo encontraran pronto, la Nochebuena sería un día de dolor para su familia y amigos, y no de gozo, como él deseaba. Canela y Oliva conocían bien el camino hacia la posada de Candela y Pascualillo. Hambrientos como estaban habían llegado a su puerta desfallecidos. Los ladridos despertaron a un parroquiano que dormitaba sobre una mesa, en la posada. También salió Pascualillo que reconoció inmediatamente a los perros de Miguel. Si los chuchos habían llegado hasta allí es que sabían dónde estaba el amo. Se dio cuenta del hambre que tenían los animales y mientras Candela les daba agua y comida, él preparó su caballo y llamó a unos cuantos vecinos que se prepararon para acompañarlo. Cargaron sus alforjas y guiados por los perrillos salieron al camino. Miguel había perdido la noción del tiempo. No sabía si era la mañana o la tarde, si había dormido o no. Desde que los perros se habían marchado, no había caído una sola gota de agua y él se estaba abrasando. Para tratar de apaciguar su sed incluso se había llevado barro a los labios agrietados. Volvió a dormirse y soñó que Canela le lamía la cara y las manos, que sus amigos se acercaban y le daban agua, lo levantaban y lo sacaban de aquella tierra encharcada para ponerlo a resguardo de la lluvia y el frío. Dos días estuvo Miguel durmiendo bajo la atenta mirada de Candela y las visitas del médico de Fresnos. Los caldos y cuidados de la posadera y las medicinas administradas por el galeno habían hecho su efecto. La pierna no estaba rota, simplemente se había inflamado por la mala caída. Ahora la inflamación iba remitiendo y las desolladuras cicatrizando. Miguel era un joven sano, fuerte y la fiebre había desaparecido aunque tenía un gran resfriado. Con dos días más de reposo, lo peor habría pasado y podría estar de regreso en su casa, para el día de Nochebuena. Al tercer día Miguel despertó preguntando qué fecha era y pidiendo la jofaina para lavarse y su ropa. Canela y Oliva, que no se habían separado de su amo mientras él estuvo en la cama, ladraron de contento mientras el chico les acariciaba y les daba palmaditas cariñosas. Ellos habían sido realmente sus salvadores pues de no haber vuelto hasta Fresnos y haber dado la voz de alarma, él ahora estaría muerto y cubierto por el fango. Pascualillo le dijo que faltaban dos días para la Nochebuena. El muchacho pensó que era tiempo más que suficiente para volver a su casa. Candela, preocupada, protestó un poco porque el joven aún no estaba restablecido del todo, pero Miguel no quería ni oír hablar de quedarse allí y no poder pasar aquel día tan señalado con sus padres. Al final decidieron que tanto Candela como Pascualillo acompañarían al joven a su casa y pasarían la Navidad con él y su familia. Y así fue como Miguel Tapias, el Tío Carretes, acompañado de Candela, Pascualillo, el primo Benito, al que habían hecho llegar la buena nueva y que se había traído el mejor pavo de su parvada, la mula y los perros, Canela y Oliva, emprendieron la vuelta al pueblo de Miguel, llegando sanos y salvos a la casa de Mateo Tapias antes de que oscureciera, para gran regocijo de la madre de los padres de Miguel que ya comenzaban a preocuparse por la tardanza del muchacho. El suceso acaecido al joven mercader corrió como la pólvora por el pequeño pueblo y aquella Nochebuena, entre cánticos, villancicos, mantecados y copas de anís y coñac, todos felicitaron a los padres de Miguel por haber recuperado a su hijo, y al joven por su entereza. Al terminar la Misa del Gallo, a la que siempre acudía todo el pueblo, el señor alcalde, el secretario, el señor cura y el resto de personajes venerables del pueblo, reunidos en la casa consistorial, decidieron, por unanimidad, que se debía condecorar a Canela y Oliva por su lealtad y valentía. Y aquel 25 de diciembre, día de Navidad, entre risas, aplausos y vítores, Canela y Oliva, nuestros excepcionales perros, fueron condecorados con los honores otorgados a los héroes, y además de su correspondiente medalla, se les obsequió con dos grandes fuentes repletas de pollos asados que ellos devoraron en un abrir y cerrar de ojos, ante la mirada complacida de todos los parroquianos que se sentían felices por el milagro de haber recuperado a uno de sus convecinos, Miguel Tapias, el Tío Carretes, el mismo día de Nochebuena. FIN

17 comentarios:

Marcela dijo...

Mari y Patri,

Esta composición a dueto es bellísima.

Patri,

El dibujo es exquisito! ahí veo a Oliva y Canela, los botones de ensueño, una loma, y ese sello particular "Patrinesco". Patri, hermoso en serio!

Mari Carmen,

Tu relato me transportó enseguida. Soñé con las peinetas, las horquillas, los encajes y me vi ahí, chusmeando entre la mercancía de Miguel.

Una historia intensa y de muy agradable lectura. Oliva y Canela me hacen recordar a mis 2 entrañables compañeras perrunas: siempre dispuestas, fieles, alertas...

Ustedes son, queridas chicas, como Miguel, porque hacen llegarnos cosas maravillosas a través de sus respectivos blogs, cada una en su temática. Voy descubriéndolas poco a poco a cada una cuando el tiempo me lo permite.

Es mi deseo que tengan unas fiestas lindas y en PAZ (sobretodo) y con SALUD. Lo demás viene o no, pero es secundario; así que mis mejores deseos desde Bs. As..
Cuando levante la copa esta noche, pensaré y brindaré en silencio por ambas.

Todo mi cariño!
Maravilloso rato tuve leyendo este relato! Gracias por este regalo!

©Claudia Isabel dijo...

Chicas, que historia maravillosa. Me encantó leerla, Oliva y Canela son increibles!!!
Gracias a ambas por el tierno regalo navideño...un verdadero gusto!
Feliz Navidad!!! Bendiciones!!!
Abrazos.

Mari Carmen dijo...

Gracias, Patricia, Marcela y Claudia Isabel. A Patricia por sus maravillosos dibujos. A Marcela y Claudia por la paciencia de leerme y decirme que les ha gustado.

Un abrazo y feliz navidad!! :)

Anónimo dijo...

Ante tan lindo relato y las lindas imagenes de Canela y Oliva, no tengo palabras para plasmar como comentario.
Gracias por darme este regalo.
FELIZ NAVIDAD Y EXCELENTE AÑO 2008
para Usted, Maria y Alfredo
24.12.07
hora 19.15

Patricia dijo...

Marce, ¡sabía que este cuento te iba a encantar! Mari Carmen tiene una magia especial y su blog es cita obligada! Su espacio es un arca de tesoros!..
Gracias por tu precioso comentario y lo de "patrinesco"... me llena de orgullo!
Feliz Navidad, amiga linda, y sabes?...yo también brindé por mis nuevas y lindísimas amigas...
Besos desde almohadones, hoy es bueno estar en casa en este "dolce far niente"
Patricia

Patricia dijo...

Claudia, un comentario viniendo de ti, también es un regalo por tu magnitud como poetisa y por la calidad de tu prosa.
Mari y tu nos regalan la mejor lectura.
Gracias por tu linda perla y todas las bendiciones para ti.
Besos
Patricia

Patricia dijo...

Mari...mi más grande abrazo y las gracias a ti....

Patricia dijo...

Mi querido anónimo, gracias por estar siempre presente! Y le recomiendo especialmente el espacio de Mari Carmen, donde va a encontrar el mejor nivel de lectura de alguien con una sensibilidad especial. Dejé su link en el regalo.

Un abrazo navideño!
Patricia

kooka dijo...

me ha encantado esta historia. felices fiestas.

Patricia dijo...

Kooka, felicidades para ti también! y quedo feliz que te haya gustado el cuento de Mari.
Un abrazo
Patricia

Mónica...Cine Cuentos. dijo...

Patricia Hola!!!! Prometo venir con mas tiempo a leerte. Es increíble pero reicèn te encontré en un blog y me dije: voy a visitar este blog.

Me gustó mucho y sobre todo eso de escribir que es mi otra pasión...

Te deseo un feliz año y que nos comencemos a visitar durante el año que comienza... ¿te parece?

Bsss. Nos vemos.

Patricia dijo...

Hola Mónica, ¡bienvenida! ¡Claro que en el 2008 nos visitaremos con más frecuencia! tenemos el mismo clima, el mismo cielo y ambas estamos en la misma ciudad...así que bienvenida de corazón!
Y muy , pero muy ¡feliz fin de año!
Besos
Patricia

TEA CUP CLUB dijo...

Patricia querida, que cuento mas lindo, lo vi desde el dia que me avisaste,pero lo queria leer sin prisas y tranquila, esta bellisimo, lo imprimi y lo pongo en el libro de mis mejores recuerdos del blog.

Gracias y vengo a decirte que le doy gracias a Dios por haberte encontrado, por tu amistad y el gran amor que le has tenido a mis tacitas de te.

Que este 2008 nos depare a todos con mucha Salud, Amor y Tranquilidad.

Desde mi fria Upland, California te envio todo mi amor.

Veronica

Patricia dijo...

Querida Verónica, la agradecida soy yo por todas las cosas lindas que compartimos desde que nos conocimos. Que el 2008 nos acerque aún más y que sean bienvenidos todos los tecitos que nos queda por descubrir!
Me alegro muchísimo que te haya gustado el cuento de Mari, ella escribe estupendamente y para mí es un honor tener un cuento suyo en mi espacio, y doble honor saber que imprimiste nuestro regalo.
Con todo mi cariño, amistad y la dulzura que tanto mereces, te envío un enorme beso y los mejores deseos de felicidad!!
Patricia

Mari Carmen dijo...

Patri, guapísima, ¡¡¡feliz 2008!!! Ojalá que este nuevo año que comienza nos conduzca a nuevos trabajos entre las dos :)

Un abrazo y sé muy feliz.

Patricia dijo...

Mari, para ti también! ¡¡muy feliz 2008!! que se concreten sueños viables y ojalá un muy buen trabajo entre... las tres!Dile a la Rosi que salga de tu bolsillo!
Brindo por ti, amiga y ese "bichejo" adorable...
Besos y abrazos
Patricia

TEA CUP CLUB dijo...

Patricia querida, he dejado un premio para ti en nuestra casita (es una sorpresa para ti)

Besos

Veronica
teacupclub@gmail.com